Por Mauro Huerta

MONTREAL.— A lo largo de la historia de México ha existido una muralla que no permite que se filtren datos sobre la salud mental un presidente. Esta información estaba protegida por el Estado Mayor Presidencial y por la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, en el caso de las últimas cuatro elecciones, el gobierno y algunos privilegiados sabían de antemano cuál era la condición mental de los candidatos: Ernesto Zedillo sabía desde antes que Vicente Fox padecía de sus facultades mentales, pero los planes y acuerdos ya estaban signados; no podía haber marcha atrás.

   El candidato de la Alianza por el Cambio contaba con 58 años de edad y el gobierno conocía de sus trastornos mentales y de su situación familiar completamente distorsionada; ya había sido diputado federal y gobernador de Guanajuato. No obstante,  a través de la mercadotecnia electoral lograrían hacer de su conducta “folclórica” una novedad que invitaba a percibir a Fox como un hombre auténtico, en contraposición al estereotipo de los políticos ocultando a la opinión pública el otro rostro de Fox: un hombre megalómano, mitómano, cretino, narcisista y de conducta errática, el cual era disfrazado con ese traje de autenticidad que le permitía ser hablantín e impulsivo aunque en la mayoría de las veces fuera rebasado por las circunstancias.

   Como consecuencia de estos trastornos de personalidad, en el ejercicio de poder resultó un líder mediocre, sin competencias mínimas e incapaz de formar un equipo de trabajo, por lo que durante su gobierno se trató de defender su imagen y no resolver los problemas de México. Había quedado atrás la imagen  del rebelde, echado para adelante, combativo y valeroso capaz de sacar al PRI de los Pinos y acabar con las “tepocatas y vívoras prietas”. 

    Cabe aquí aclarar que, el que esto suscribe, no obstante de ser panista — esto lo puse de manifiesto desde el primer año del gobierno de Fox—, ya para su primer informe presidencial preferí alejarme de mi curul y escuchar el informe sentado al lado del senador Armando Mendez de la Luz, en ese tiempo senador por Convergencia.

   Han pasado 18 años desde que Fox asestó un golpe casi mortal a la Esperanza; nuevamente la mano de Ernesto Zedillo, con la Esperanza renacida de entre las cenizas, coloca en la presidencia a otro mandatario con trastornos mentales muy parecidos a los de Vicente Fox:  Andrés Manuel López Obrador, narcisista e histérico con matices de paranoia, es presidente electo; ya no es más un peligro para México. Este salvador de la patria ha borrado a través de la magia de la democracia sus delirios de grandeza y delirios de persecución; ya no es más el mal estudiante que tardó más de una década en acabar sus estudios universitarios; ya no es más un hombre que, al igual que Fox, proviene de una estructura familiar dañada y distorsionada.

   La ilusión de haber tenido elecciones libres, de haberse impuesto la voluntad del pueblo, nublan la vista. El peligro es inminente: Fox al igual que Andrés Manuel sienten un desprecio por las instituciones y la legalidad, y tienden a negar los problemas; tienden a no reconocer los problemas, la culpa es de otros. En suma, su reacción ante lo inesperado es siempre negativa y casi inevitablemente errónea. Así, los primeros 25 años de este nuevo siglo serán como lo han sido los últimos 300 años: tiempos caóticos que nos mantendrán en la ruina por otros 500 años, soportando gobernantes con trastornos mentales que van desde la paranoia, pasando por la megalomanía y la dipsomanía. El cuadro de honor tiene sus espacios junto a Iturbide, Santa Ana, Victoriano Huerta y los que usted amable lector quiera incluir en ese Salón de la Fama.